Pocos son los hombres que saben la existencia de los orbes,
poderosas armas creadas por los dioses
terminantemente prohibidas para cualquier mortal.

Sin embargo, el aparente equilibrio pactado
entre las divinidades se ve amenazado cuando
vuelve a despertar el ser que fue más poderoso que los dioses.

En un mundo donde han regresado los
tribales rituales de sangre, los dioses se ahogan en su propia sed de poder y
los hombres se dejan engañar por sus propias mentiras,
la muerte resurge como única forma de salvación…

La última Era de los Elementales comienza
esta noche, en la que una joven amnésica despierta de un sueño olvidado para
adentrarse en otro repleto de horrores.

Maldecida por su codicia olvidada, el
lenguaje de la magia parece volverse en su contra.

Sólo los ecos de su pasado
conocen su sino; pero únicamente ella decidirá si lo alcanzará a través del
camino de la sabiduría y la fuerza… o de
la envidia y la demencia.


Ecos del pasado I: La danza del fuego

viernes, 1 de abril de 2016

Señora de las batallas



Nueva confrontación entre los dioses... ¿cómo acabará?


¡Por fin viernes! Y con ello nueva entrega de Ecos del pasado, y esta vez, ¡con un asunto de divinidades!
Drian, el dios de los mares, vuelve a aparecer, mientras que una nueva diosa protagoniza la escena. 
Al parecer, ella no está contenta, y no se va a quedar sin hacer nada. 
Con esta entrada además, introduzco brevemente la cultura del continente Plateado, donde el frío y el acero imperan. 


Os dejo disfrutar con la historia de Ecos del pasado!



«Se la conocía como la forjadora de armas, 
la diosa de la guerra, señora de las batallas, o, como aparecía 
en los manuscritos de historia, Duphina de la fortaleza.»






 3. El amor de un hermano

(3º parte)



En las tierras del continente Plateado la supervivencia era todo un desafío debido a las heladas ventiscas, las temperaturas extremadamente bajas y la espesa nieve que imposibilitaba los cultivos y bloqueaba las rutas de comercio por tierra. La comida escaseaba cada vez más, incluso la pesca era menos abundante a causa de los glaciares y solo los barcos más sólidos y robustos lograban atravesar las placas de hielo sin romper sus cascos en dos. 
  Gran parte del territorio se repartía en pequeñas aldeas independientes y unas pocas fortalezas. Las chimeneas de las cabañas eran estrechas, pero a pesar de las apariencias calentaban la estancia eficazmente. Incluso las chozas más modestas tenían sus paredes recubiertas de pieles, pues los inviernos, que solían durar casi todo el año, eran muy duros. 
  Los aldeanos se dividían principalmente en cuatro agrupaciones: cazadores y pescadores, guerreros, herreros y curanderos. Pero todos rendían culto a la misma y temible señora de las batallas, la Elemental de la rama de la forja. Ahí la vida en sí era una lucha, y honrarla ya fuera por la espada o la lanza era el deber de cada uno de ellos. Se enseñaba a empuñar la espada antes que la cuchara de la sopa, y la caza era vital para cubrirse con las gruesas pieles de sus presas. Si había algo que fuera realmente un desafío era la hambruna; no siempre se encontraba abastecimiento para todos, donde en las peores fechas del año el mar se helaba por completo desde la costa hasta varias millas mar adentro imposibilitando el comercio marítimo con el continente Dorado.
  El consejo de los Grandes Arcanos conformado por tres individuos al igual que en las ciudades de la rama acuática se reunía cada dos semanas para buscar alternativas respecto al aprovisionamiento y solucionar los problemas de hambruna que temían apareciera a finales del otoño. Vivir en las tierras heladas era una lucha constante, y por ello se requería una dureza y una filosofía de vida austera de la que se enorgullecían. Era vital que los habitantes vivieran codo con codo, pues el trabajo en equipo era fundamental para lograr las mejores condiciones posibles. Gracias a las enseñanzas y directrices de la Elemental de la rama de la forja, se habían convertido en la mayor fuerza y poder que se pudiera encontrar en cualquier lugar, aunque en relación a otros lugares como pudiera ser Lon’thara o la Isla del Cangrejo tuvieran escasa natalidad a causa de las heladas y gélido viento que entraba en sus hogares y en sus cuerpos ya fríos. Pero la tenacidad y fe que albergaban en ellos era todo un ejemplo para el resto de los humanos, y la disciplina y preparación física era su punto fuerte. Eran conocidos por su gran habilidad y destreza en la forja de todo tipo de armas; si querías tener lo mejor en cuanto a armamento o defensa, aquel era el lugar siempre que se dispusiera de amplias bolsas de monedas. El acero que trabajaban tenía propiedades especiales únicas en el mundo, proporcionadas por la Elemental.
  A aquella Elemental se la conocía como la forjadora de armas, la diosa de la guerra, la señora de las batallas, o, como aparecía en los manuscritos de historia, Duphina de la fortaleza. La gran parte del tiempo se encontraba en su torre del Glaciar Gris donde pensaba en nuevas estrategias o nuevos modelos para armaduras o técnicas de lucha que enseñaría a sus guerreros más diestros para las conquistas venideras. Cualquiera que se adentrara en sus aposentos sería testigo de su impresionante e intimidante colección de armas de todo tipo: lanzas de todos los tamaños, mazos y cimitarras, sables, claymore, dagas y ballestas. Su cámara era de una belleza fría, con maravillosas esculturas de hielo y hierro que adornaban el techo y relieves curvilíneos en las paredes que a más de uno dejaban embelesado. Al final del corredor, estaba su trono de acero decorado con dos lanzas a cada lado que portaban unas cintas carmesí y púrpura. Esa tarde no estaba sentada en él, sino dando vueltas en el balcón del ala sur. Duphina de la fortaleza estaba furibunda. 
  Los errantes, seres fabricados a partir del hierro y con corazones de acero creados mágicamente por la señora de las batallas, le habían comunicado que acusaban a sus hombres de haber robado un artefacto poderoso y prohibido para el común de los mortales. Al parecer había sido Drian el pacificador el precursor de toda aquella historia, y tenía la férrea intención de ir a hacerle una visita en aquel mismísimo instante. Desde su cámara del hielo Duphina se desvaneció mágicamente hasta el acantilado del Calamar, donde sabía que Drian la esperaba. Todo Elemental podía saber dónde se encontraba otro de los suyos cuando éste lo permitía, pues también podían ocultar su presencia cuando no querían que ninguno supiera lo que hacía o a dónde iba. La desconfianza no era un sentimiento exclusivo en los humanos; todo lo contrario, los Elementales lo eran el doble, pues el poder solo traía problemas.
  Apareció a unos metros del borde del acantilado, justo detrás de Drian. Parecía estar meditando; «probablemente comunicando con sus insectos acuáticos», se dijo Duphina. Interrumpir la comunicación de un Elemental con su elemento era una gran falta de respeto, pues requería grandes cantidades de concentración y maná. A pesar de la furia que sentía, Duphina se tomaba muy en serio el concepto del respeto, por lo que esperó pacientemente a que terminara. El viento soplaba muy fuerte y le revolvía el cabello castaño tapándole los ojos. No era la primera vez que se planteaba seriamente cortarse el pelo, a veces la comodidad requería un sacrificio de belleza. De todas formas ella no necesitaba ser bella, sino invencible, y para ello el pelo era innecesario. Solo la espada en la mano contaba, la destreza de su manejo y la mente serena, flexible y estratega. A Duphina jamás se la veía sin su elegante espada forjada con acero de crisol que solo existía en el plano más allá del mortal; si bien sus herreros habían aprendido de la mejor maestra, la materia de la que estaba hecha su arma solo la conocía ella, y no pensaba revelarle a nadie el secreto de tan potente espada.
  Al ser costeras gran parte de las tierras del continente Plateado, era imperativo tener una flota igual de poderosa. Duphina vivía para la guerra, el placer que le provocaba el choque de espadas en el fragor de la batalla no rivalizaba con nada más. Como Elemental de la rama de la forja su habilidad era la elaboración de armas, ya fueran sobre tierra o sobre mar, pues ella misma había proveído el conocimiento de construcción de drakkares a sus hombres. Nadie podía contra ella en un combate justo y honorable, pues su defensa contra viento y marea era intachable. Pero lo más admirable en ella era su sentido de la justicia, la igualdad y el orden, y por aquella razón a pesar su naturaleza combativa, solo invadía las tierras de los que consideraba amenaza o habían intentado algo contra sus tierras abiertamente. Nunca era cruel y despiadada, y por eso era tan admirada fuera y dentro de sus dominios terrenales pues ayudaba a quien lo necesitara siempre que demostrara un espíritu combativo y luchador tanto en el campo de batalla como en la vida misma. Por supuesto, los secretos de la forja jamás los revelaban a alguien que no fuera de sus tierras, y sus seguidores sabían que de contar a extranjeros sus conocimientos, se consideraría traición.
  Intrigada por lo que podría estar haciendo Drian en su meditación, se asomó por encima de su hombro para alcanzar la vista al océano. No había ni una sola ola rompiendo sobre las rocas del acantilado, ni una sola agitación. Era la calma absoluta, como si el tiempo se hubiese detenido. El viento helado a su espalda soplaba agitado, pero el océano no parecía darse cuenta de ello. Duphina sintió algo mojado caer sobre su nariz y miró hacia el cielo repleto de nubes grises que no dejaban ni un hueco para que los rayos del sol calentaran aquellas tierras. Aunque el otoño no llevara mucho tiempo, las primeras nevadas ya empezaban en gran parte del continente Plateado. La nieve comenzó a caer como el algodón sobre el acantilado del Calamar. A Duphina no le gustaba el frío, pero odiaba el calor por lo que a elegir prefería aquel temporal. De todas formas la magia envolvía a los Elementales para protegerlos de las temperaturas extremas como ocurría en el desierto de Zalanna en los veranos y primaveras, o en los Hielos de Mundras durante casi todo el año. En realidad lo que le molestaba a Duphina era cómo afectaban las inclemencias climáticas al resto de las cosas mortales, como el estado de ánimo de los humanos, su productividad o la calidad de sus vidas a causa de las heladas de sus campos o la escasez de peces. 
  De repente oyó el atronador sonido de las olas al revolverse; Drian ya había terminado, aunque seguía sentado en la fría roca del suelo. 
  —Has venido a hablar. —La voz de Drian sonaba tranquila, pero a pesar del viento ella pudo oírlo perfectamente.



La próxima, sabremos de qué van a hablar, y sobre todo, ¡qué está maquinando Drian! ¿Será verdad lo que los errantes oyeron?

No te pierdas la próxima entrega de Ecos del pasado!


¡Un abrazo desde Lon'thara!



2 comentarios :

  1. ¡Pero como lo cierras ahi, quiero saber más! Ha sido un capítulo más explicativo que narrativo, necesario para entender gran parte de lo referente al continente helado y ante todo a Duphina, la diosa de la rama de la forja, pero... ¡Dejarlo en esa parte duele! Es un punto clave para mantener la intriga, pero de pensar que tengo que esperar una semana más me pongo malo. No es justo D:

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